Cuba busca oxígeno en unas reformas tardías que la población recibe con escepticismo

En un sistema tan hermético como el cubano, los detalles más discretos funcionan como códigos cifrados. Al dirigirse al Comité Central del Partido Comunista, el presidente, Miguel Díaz-Canel, justificó el paquete de reformas de mercado más ambicioso del que se tenga memoria bajo la premisa de que es la hora de “cambiar lo que haya que cambiar”. La frase no es casual. Evoca el discurso del año 2000, cuando la isla aún se lamía las heridas del colapso soviético. Fidel Castro definió entonces la Revolución como el “sentido del momento histórico” y la urgencia de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Como ahora, hace 26 años el fin del régimen parecía inminente. Más de un cuarto de siglo después, la cúpula se ve obligada de nuevo a rasgar sus dogmas para sobrevivir, acechada esta vez por la asfixia económica y la presión de Washington. Pero ahora, Cuba busca oxígeno en unas reformas tardías que la población recibe con escepticismo.

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