Marcus Rashford no lo sabía, pero se jugaba su continuidad en el Barça en las semifinales de Champions ante el Atlético. Con la baja de Lamine Yamal, la dirección deportiva ponía el foco en el inglés para decidir si intentaban que siguiese en el equipo o, tras un año de cesión, volvía a la disciplina del Manchester United. Y en esos dos encuentros estuvo muy lejos de ser decisivo y se decidió no pagar 30 millones para retenerlo. En el 0-2 de la ida fue titular pero, como todo el equipo, naufragó en el peor día. En el intento de la remontada de la vuelta, entró como suplente y apenas aportó nada. Desde el club contaban que no había superado la prueba. Había la sensación de que sus números eran buenos para un extremo que aportaba cosas distintas, pero no lo bastante determinantes para hacer una apuesta decidida por un jugador que aquí seguiría siendo suplente.
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